
Firmar un contrato puede ser la culminación de tu sueño.
O quizás no: el principio de una pesadilla…
Dos casos teóricos al respecto, con pregunta fácil al final:
- Te proponen un jugoso contrato para que no puedas quejarte si alguien te escupe en la cara.
¿Lo firmarías? - Te proponen otro contrato, en el que una de las cláusulas establece que no puedes sonreír cuando estés en público.
¿Lo firmarías?
Seguramente no firmarías ninguno de esos contratos, ¿verdad?
Lo cierto es que el primer contrato lo firmó Jackie Robinson, un famoso jugador negro de béisbol de mediados del siglo xx en la entonces sociedad segregacionista de Estados Unidos. Si quieres saber más sobre este personaje, te recomiendo la película 42 sobre su vida. Por cierto, Jackie tenía el número 42 en su camiseta:

El segundo contrato tampoco quedó desierto: Lo firmó un actor de películas de terror en los albores del cine en blanco y negro que accedió a mostrar en público la misma cara que tenía en sus películas. Todo porque al poderoso estudio le pareció que así engancharía más a los fans y conseguiría más recaudación en las salas de cine. Al actor le costó caro porque sufrió depresiones por ello.*
Como ves por estos dos casos no tan teóricos, es difícil decir de este agua no beberé, debido a la presión de las circunstancias de cada uno y a que todos sufrimos ceguera temporal para prever las consecuencias de una cláusula en medio de un mar de palabras incomprensibles.
Cualquiera puede firmar un contrato leonino, con gravísimas consecuencias para ti, la parte débil del contrato, si no cumples con lo estipulado. Cláusulas totalmente desequilibradas donde la parte poderosa ordena y dispone.
Pero no tiene porqué ser así…
En cuanto puedas, cuando la balanza de poder se equilibre a tu favor, puede ser buena idea cortar la relación con tus clientes si no acceden a cambiar esas condiciones desproporcionadas y absurdas que no aportan nada al servicio que vas a dar.
Las circunstancias pueden forzar una firma, es verdad; pero nadie te obliga a ser inconsciente de lo que te comprometes con tu firma.
El primer paso, no lo dudes, es reconocer que tienes acuerdos que una Justicia, esa imaginada por el gran Platón, declararía nulos por abusivos.
Es tu turno de revisar tus compromisos firmados, no importa si los llamas contratos, acuerdos, relaciones contractuales, plazos de pago de tus facturas, acuerdos de confidencialidad o NDA…
* Si sabes el nombre del actor de cine de terror condenado a no sonreír jamás, te agradecería que me lo dijeras: lo he buscado infructuosamente en internet.