
Firmar un contrato puede ser la culminación de tu sueño.
O quizás no: el principio de una pesadilla…
Dos casos teóricos al respecto, con pregunta fácil al final:
- Te proponen un jugoso contrato para que no puedas quejarte si alguien te escupe en la cara.
¿Lo firmarías? - Te proponen otro contrato, en el que una de las cláusulas establece que no puedes sonreír cuando estés en público.
¿Lo firmarías?
Seguramente no firmarías ninguno de esos contratos, ¿verdad?
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Céntrate en el cliente, no en ti…